Hoy, con 68 años, Sergio reside en Choele Choel, Río Negro, y hace 25 días emprendió un viaje desde la Patagonia, donde decidió vivir de manera “más tranquila”, para regresar y someterse a una nueva operación. En esta ocasión, confiaba su corazón a Roberto Favaloro, sobrino de René. “La operación duró casi diez horas”, cuenta Sergio, rememorando el 29 de septiembre, Día Mundial del Corazón.
“Me salvaron la vida dos veces”, afirma Sergio, compartiendo su historia desde una perspectiva que se centra en las oportunidades más que en las décadas que han pasado.
“Recordemos que en aquella época, los años 80, era algo muy complicado de tratar. Al entrar a bañarme, podía escuchar un soplo inmenso en mi corazón. Era como el ronroneo de un gato, y solo logré sobrellevarlo debido a mi juventud”, recuerda con nostalgia.
A través de recomendaciones de conocidos, llegó a la Fundación Favaloro. “Como tenía una vida por delante, aceptaron el desafío de tratarme”, explica. De ese modo, Sergio se encontró frente a René Favaloro, un hombre que se convirtió no solo en su cirujano, sino también en un pilar de apoyo en este complicado proceso.
La intervención quirúrgica se realizó el 20 de abril de 1981. En aquel momento, Sergio recuerda que el procedimiento era “experimental”, pues implicó el reemplazo de la válvula aórtica. Esta cirugía le permitió corregir la alteración cardíaca que había sufrido tras el puñal y, de este modo, abrió la puerta a la posibilidad de seguir viviendo.
La válvula que recibió era una Björk-Shiley número 23, que él mismo destaca como “una sueca”. “Tenía un promedio de durabilidad de entre 10 y 15 años, en las condiciones adecuadas”. Sin embargo, la prótesis lo acompañó durante casi medio siglo. Desde su primera intervención hasta esta última, Sergio subraya con orgullo que solo tomó un medicamento: un anticoagulante.
“Esa primera cirugía en la Fundación Favaloro, donde no me cobraron ni un peso, fue fundamental para que pudiera formar la familia que tengo hoy”, señala. Estuvo internado apenas ocho días, cuatro de ellos en terapia intensiva y los otros cuatro en una sala intermedia. En ese tiempo, tuvo la oportunidad de conocer más a René Favaloro, quien visitaba a sus pacientes diariamente.
Como él era el más joven, el médico se preocupaba especialmente por su bienestar. Favaloro compartía anécdotas sobre su pasión por el club Gimnasia y hablaba de su barrio, El Mondongo, en La Plata, lo que despertó la curiosidad de Sergio, quien anhelaba conocer ese lugar.
“René se acercaba a quienes estábamos en terapia y conversaba con los médicos y con todos, mostrando una naturalidad y humildad que hacen que no se puedan elogiar lo suficiente sus cualidades, incluso en aquellos reportes anuales donde lo celebran”, explica Sergio.
Con una cicatriz significativa, Sergio logró recuperarse. La válvula funcionó mucho más de lo que podría haber imaginado, pero el paso del tiempo dejó una nueva marca en su corazón. La válvula se había visto afectada por tejido que se acumulaba y la aorta había incrementado su tamaño. Por ello, la solución tuvo que ser nuevamente quirúrgica; Sergio necesitaba lo que él llama una “reoperación”.
El 1° de septiembre ingresó nuevamente al quirófano. Esta vez, Roberto Favaloro fue quien llevó a cabo el procedimiento. En esta segunda intervención, se sustituyó la válvula metálica –“la sueca”– por una biológica.
Sergio comenta que en la actualidad solo toma una aspirina cada mañana y otros “dos o tres medicamentos de forma temporal, relacionados con la recuperación de la operación”, aclara.
En la primera cirugía, Sergio no contaba con un empleo fijo, realizaba trabajos temporales, hasta que decidió dedicarse a la venta de productos de limpieza, tarea que desempeñó hasta su jubilación. La Fundación aceptó su caso nuevamente desde el sur del país, “sin cobrarme un solo peso”, y le abrió las puertas del mismo lugar que había sido crucial para él cuando tenía solo 23 años.
“Me operó un sobrino del doctor Favaloro, continuando el legado de esta familia tan particular y humana”, comenta Sergio. Para él, el vínculo que existe entre ambas cirugías excede la mera coincidencia.
“Me impresionó ver a Roberto Favaloro acercarse a cada uno de los pacientes en terapia intensiva. El legado que dejó René también se manifiesta en el trato con los pacientes. Si yo soy testimonio de lo bien que me operaron, también lo soy de lo bien que me trataron”, concluye con profundo agradecimiento.
Sergio planea permanecer unos días más en Buenos Aires para seguir los controles médicos. Salió de la reoperación con tan solo una faja y la muestra de su historia clínica, que él describe como “un papiro egipcio”, ya que registra información desde 1981 y lleva la firma de René Favaloro: “Ese hombre que me veía joven y que me hablaba de fútbol, que seguramente sabía que yo iba a seguir viviendo.”









