El torneo comenzó en 2020 por una necesidad personal. “En Barcelona me faltaba el sentimiento de pertenencia, el plan familiar del domingo; muchos de los que estábamos aquí teníamos entre 25 y 30 años y echábamos de menos a nuestras familias”, recuerda Santiago Medina sobre sus comienzos en la ciudad europea. En ese momento, organizaba partidos informales para un grupo de 120 argentinos. Medina entabló una amistad cercana con Agustín Morrone, quien lo motivó a expandir la idea y crear un club. “Mirá, Agus, si me conseguís el predio, yo te lo armo y te lo vendo”, fue la respuesta de Santiago.
Ubicar un espacio físico adecuado fue un gran desafío, dado que no abundan en Barcelona los lugares con varias canchas y buen acceso en transporte público. Morrone logró agendar una visita a un colegio catalán, y el asombro fue total al ver el predio. “Cuando vi el lugar, no lo podía creer. Tiene dos canchas de fútbol 7, dos de fútbol 5 y un bar”, relata Medina. Comenzaron con diez equipos, reclutando participantes a través de Instagram. Actualmente, cuentan con 52 equipos en total, destacándose la gran participación femenina con 33 mujeres contra 19 hombres. En Barcelona, el fútbol femenino tiene escasas competencias, y el club ha sabido cubrir esa necesidad en la oferta local.
El verdadero vínculo se forma después de los partidos. Aunque los jugadores deben abonar la inscripción por un torneo que incluye árbitro, grabación de video y bebederos, lo fundamental ocurre tras el silbato final. “Ante la falta de familia y conocidos, necesitas contacto y compartir, porque tus amigos aquí son tu nueva familia”, reflexiona Nicolás Mathos, analista de recursos humanos, quien llegó a Barcelona en julio de 2022 desde Belgrano. A pesar de las dificultades de adaptación inicial, Mathos encontró su lugar en La Masía a comienzos de 2024. “Mis domingos cambiaron completamente porque ahora realmente les doy valor, cosa que antes me deprimía”, señala. En su primer torneo, formó una pareja con otra jugadora tras conocerse en una actividad informal.
Catalina Paolini, licenciada en administración de 28 años, también buscaba conectar. Desde Ramos Mejía, llegó a Barcelona y pasó 20 días sola hasta que su amiga regresó de vacaciones. Su deseo de seguir jugando al fútbol como en la zona oeste y ampliar su círculo social la llevó a contactar a uno de los fundadores del torneo. “El primer fin de semana no conocía a nadie y la pasé increíble, sentí que estaba en el torneo al que iba en Buenos Aires. Me conectó desde el momento cero con la Argentina”, relata. Se unió al grupo femenino DDL, en honor al dulce de leche, y encontró un grupo de amistades que hoy son su núcleo. “Los domingos son un día que me conecta con mi vida en Argentina, de reencuentros con amigos o reuniones familiares. La Masía cumple ese rol”, sostiene. Durante el Mundial, este grupo fue esencial emocionalmente, apoyándose mutuamente en momentos de nostalgia.
Antonella Ballabeni, empresaria gastronómica de 29 años, también atestigua esta red de apoyo. Llegó al equipo “Napolitanas” en 2021, y aunque su capitana enfrentó una disminución de jugadoras, el grupo se consolidó rápidamente, organizando incluso un viaje a Nápoles. Más tarde, tras una separación, Ballabeni acudió a una compañera de La Masía que también había atravesado una experiencia similar, quien le ofreció una habitación. “A los dos días, nos sacamos un pasaje. Hoy en día es mi segunda mitad”, afirma, destacando a la vez que el club ha sido un lugar donde se gestan historias.
Aunque la mayoría de los participantes son argentinos, el torneo ha acogido a jugadores de diferentes nacionalidades. Medina menciona que hay catálicos en su equipo que se sorprenden por el ambiente y la energía argentina. Paolini destaca que en su equipo, salvo una colombiana, son todas argentinas, a quien, entre risas, “la argentinizamos”. Para ella, lo que distingue a esta comunidad es que, al finalizar los partidos, el tercer tiempo y el compartir se vuelven tan importantes, que el propio juego sirve como excusa para los encuentros.
Las puertas del predio están abiertas para quienes llegan de otras latitudes. Recientemente, Ballabeni llevó a una nueva compañera de departamento para que conociera el evento. En lugar de sentirse incómoda, la invitada se integró de inmediato, compartiendo mate y jugando al truco con otras personas presentes. “La mayoría va por el tercer tiempo porque es una manera de compartir. Cuando se trata de compartir, el argentino se vuelve más solidario”, concluye Mathos. Al final, el fútbol se erige como una excusa perfecta para asegurarse de que los domingos estén colmados de afecto y compañía, a pesar de la distancia.









