Estos casos, presentados de esta manera, pueden parecer anécdotas cómicas, pero, en la realidad, se repiten con frecuencia en diversas naciones y afectan a individuos que en su vida cotidiana no parecen ser desprevenidos. La cuestión que se discute a lo largo de este artículo no es “¿cómo puede alguien ser tan ingenuo?”, sino más bien, ¿qué mecanismos permiten que, en determinadas circunstancias, cualquiera pueda caer en un engaño de este tipo?
Julio López, especialista en ciberseguridad, sugiere que las estafas pueden considerarse en una escala del 0 al 10. En el extremo superior de esta escala se encuentran las más extraordinarias, como el clásico correo del príncipe nigeriano o las estafas amorosas que utilizan la identidad de una estrella de Hollywood. Según López, en estos casos generalmente existe una precondición en la víctima: “Puede ser una persona que ha experimentado un trauma, una separación, o que se siente sola en un momento avanzado de su vida, o bien que atraviesa períodos de angustia”.
Sin embargo, lo que a López le resulta particularmente inquietante ocurre en la mitad de esta escala, que corresponde a estafas financieras o piramidales que prometen rendimientos imposibles, o bien a personas que, en busca de un simple descuento, acaban tomando créditos para transferir dinero a desconocidos. “¿Cómo es posible que esto suceda?”, se pregunta. En estas situaciones, no es necesario que la persona esté en una fragilidad extrema; a menudo, es suficiente con el deseo humano de creer que algo bueno puede sucederle.
La explicación principal que ofrece López se centra en el lugar donde se procesa el engaño: “La estafa se genera en el estómago, mientras que lo que discutimos ocurre en el cerebro”. En base a su experiencia entrevistando a víctimas, López nota que el primer contacto —el mensaje, la llamada o el primer “me elegiste a mí”— ingresa a la razón, pero solo por un corto tiempo, antes de que algo lo desplace a un ámbito puramente emocional. “En ese momento, deja de haber razonamiento”, señala.
Este desplazamiento explica algo que ha captado la atención de López en cada una de las víctimas que ha entrevistado: al reconstruir lo ocurrido, su expresividad cambia notablemente. Al relatar su experiencia, regresan a procesar el evento de manera cerebral, ya lejos del momento emocional que vivieron, y entonces se dan cuenta, casi instantáneamente, de lo inverosímil de su propia historia.
El especialista recuerda un caso particularmente impactante: el de una traductora de 60 a 70 años que vive en soledad y es percibida como una persona altamente estructurada. Esta mujer nunca admitió haber sido estafada y defendía que había transferido decenas de miles de dólares para investigar, por su cuenta, a la persona detrás del engaño. “No estaba mintiendo, no dudaba, no titubeaba,” relata López, y añade: “Si uno desea hacer algo así, transfiere cinco o cien dólares, no esa cantidad exorbitante”.
Oscar Abudara Bini, médico, psicoanalista forense y perito psiquiatra, aborda el tema desde una perspectiva diferente, enfocándose no en los errores de la víctima, sino en la meticulosa construcción del estafador. Advierte, inicialmente, sobre la dificultad de “diagnosticar apresuradamente” a la víctima o de simplificar el caso a una ecuación sencilla que relacione a una mujer mayor, sola e ingenua. Prefiere reconstruir el escenario creado por el estafador, que hizo que la entrega de dinero resultara en algo que la víctima sintiera como un deseo propio.
Para Abudara Bini, la identidad falsa de una celebridad no es simplemente una mentira burda, sino que actúa como un símbolo cargado de sentido. “Kevin Costner no es meramente una identidad falsa. Representa un simbolismo potente que amalgama celebridad, masculinidad, éxito, reconocimiento, romanticismo y excepcionalidad”, remarca. Lo que el estafador ofrece, sostiene, no es un carné de club de fans ni una promesa de viaje: “Vende una posición subjetiva para la mujer: ser elegida por un hombre excepcional”.
La asimetría que existe entre una persona común y una figura mundialmente reconocida es, según Abudara Bini, lo que hace tan efectivo el engaño. “Me eligió entre millones de mujeres”, esa creencia, sostiene, puede generar una experiencia narcisista sumamente poderosa, comparable con la fascinación paralizante que, en la mitología clásica, se le atribuía a la mirada de una serpiente.
El psicoanalista describe un proceso que se desarrolla en etapas: contacto, reconocimiento, prueba e inversión. En cada paso que la víctima avanza, se hace más difícil, psicológicamente, admitir que todo es falso. A medida que la persona implica más tiempo, afecto y expectativas en la relación, más complicado se vuelve aceptar que esa conexión no existe. En este contexto, el dinero deja de ser una decisión económica racional y se convierte en parte de la lógica del vínculo, una prueba de amor, que es análoga a cualquier inversión afectiva que realizamos al enamorarnos o al formar una familia.
Por ello, el especialista relativiza la noción de “locura” o patología como la única explicación posible. “No tenemos suficientes elementos para diagnosticar una psicosis ni un trastorno cognitivo. Nos encontramos frente a un fenómeno más común de lo que pensamos”, sostiene. Según su interpretación, lo que varía no es la debilidad mental de la víctima, sino las estrategias utilizadas por el estafador: “No es que ella ‘cree en una mentira’; es el estafador quien crea una realidad”.
Los casos documentados en distintas regiones del planeta muestran variaciones que siguen un guion similar. En Francia, los estafadores que se hicieron pasar por Brad Pitt utilizaron inteligencia artificial para manipular imágenes, videos y mensajes, e incluso crearon un perfil falso de la madre del actor con el fin de aumentar la credibilidad del vínculo. Solicitaron dinero bajo el pretexto de tener cuentas congeladas a causa del divorcio de Angelina Jolie y argumentaron la necesidad de cubrir gastos médicos.
En Filipinas, María conoció a un hombre que decía ser el heredero al trono de Dubái a través de una aplicación de citas, quien contaba con millones de seguidores reales en Instagram. Su conversación avanzó a WhatsApp y, posteriormente, a videollamadas donde un rostro generado por inteligencia artificial parecía mover los labios sincronizadamente con las palabras. “Era como si un hechizo de amor hubiera conectado nuestras mentes”, declaraba la víctima. El supuesto príncipe le pidió dinero para un certificado de matrimonio, para trámites laborales y, en última instancia, para reservar un hotel donde se encontrarían. Cuando comenzó a dudar y revisó otros perfiles del hombre en las redes sociales, ya había perdido todos sus ahorros.
En Japón, otra mujer de 80 años transfirió el equivalente a más de 6.700 dólares a un estafador que se presentaba como astronauta, convenciendo a la mujer de que atravesaba una emergencia en el espacio y necesitaba dinero urgente para comprar oxígeno. De manera similar, en Argentina, la jubilada que decía estar en contacto con Kevin Costner llegó a considerar vender su casa para trasladarse a una supuesta mansión en California; esta venta se detuvo a tiempo gracias a la intervención de su familia.
Además, hay un fraude diferente pero relacionado: la utilización de la imagen de un empresario mediante videos deepfake, cuentas clonadas y páginas falsas, para simular sorteos de criptomonedas o inversiones milagrosas que el empresario nunca promovió.
Lo que subyace a todos estos casos, según los dos especialistas, no es una falta de inteligencia por parte de las víctimas, sino la combinación de una necesidad afectiva genuina —la búsqueda de compañía, de reconocimiento y de sentirse elegido— junto con una puesta en escena cada vez más elaborada, potenciada hoy en día por la inteligencia artificial. Cuando se transfiere dinero, este acto no se percibe como una pérdida, sino como una reafirmación de amor o como un paso adelante en una historia en la que la víctima ya está, emocionalmente, inmersa.
Comprender estos mecanismos es, según López y Abudara Bini, más constructivo que ridiculizar los resultados. La cuestión que realmente importa no es por qué alguien creyó estar hablando con Brad Pitt o Kevin Costner, sino cómo logró el estafador hacer que esa posibilidad, durante meses, se transformara en algo subjetivamente real.










