En apenas tres semanas cayeron 170 milímetros de agua en la zona, acompañados por un período de nubosidad constante, una situación poco habitual en la región. Las precipitaciones coincidieron con la etapa final del ciclo, cuando las plantas completan la formación de las cabezas y el desarrollo de los bulbos.
Pablo Della Lucía, productor de ajo del Valle de Uco y representante de la Sociedad Rural Argentina en Mendoza y San Juan, explicó que las condiciones climáticas redujeron el tamaño de las cabezas. Según las primeras proyecciones, la producción perdería al menos un calibre, la medida utilizada para clasificar el ajo según su diámetro.
La merma estimada se ubica entre 5.000 y 6.000 kilos por hectárea, aunque puede variar según el campo y las características de cada cultivo. En una parcela que habitualmente produce 35.000 kilos por hectárea, el rendimiento podría caer a unos 30.000 kilos, lo que representa una pérdida de entre el 14% y el 17%. “Es un montón, y más con los números muy finitos hoy en día”, señaló Della Lucía.
La situación económica del sector agrava el impacto de las pérdidas. El ajo en verde, que se comercializa inmediatamente después de la cosecha, se paga entre $250 y $300 por kilo, valores similares a los de la temporada anterior. En paralelo, producir una hectárea demanda entre US$8.000 y US$11.000, dependiendo de las características del establecimiento y de las tareas contratadas.
Della Lucía planteó un ejemplo para mostrar la diferencia entre inversión e ingresos: con un costo de producción de US$10.000 por hectárea, equivalente a unos $16 millones, y un rendimiento de 30.000 kilos vendidos a $300 cada uno, la facturación alcanzaría los $9 millones. Es decir, quedarían unos $7 millones por debajo de la inversión.
A los valores reducidos se suma la escasez de compradores. Los llamados “galponeros”, que habitualmente adquieren el producto directamente en los campos para acondicionarlo, almacenarlo y luego exportarlo, casi no están operando. La posibilidad de nuevas precipitaciones genera preocupación por el deterioro de la calidad.
Después de la recolección, el ajo se coloca en cordones para su secado y debe mantenerse protegido de la humedad. Si se moja y aparecen manchas, su valor comercial puede caer considerablemente. “Una vez que se manchó, ese ajo pasa a valer un tercio de lo que puede valer. Entonces, no han salido a comprar”, advirtió el productor.
Ante la falta de compradores, muchos agricultores optaron por dejar el ajo en el campo para permitir que se seque y venderlo más adelante. Esa alternativa requiere mano de obra y recursos económicos que no todos tienen disponibles, especialmente después de una campaña en la que los ingresos tampoco alcanzaron para cubrir los gastos.
Della Lucía explicó que suele almacenar su producción para comercializarla en febrero, pero señaló que muchos productores debieron recurrir a esa modalidad y llegan a esta etapa con dificultades financieras. Según indicó, varios todavía mantienen deudas con proveedores de insumos y otros compromisos pendientes de la temporada pasada.
Las lluvias también modificaron los tiempos de cosecha. El ajo tiene un período limitado para ser retirado del suelo: si se lo arranca antes de completar su desarrollo, los dientes no alcanzan el tamaño adecuado; si se demora demasiado, las cabezas pueden perder las capas exteriores que las protegen y deteriorar su calidad comercial. Frente a la incertidumbre climática, algunos productores adelantaron las tareas pese a que el cultivo todavía no había terminado de desarrollarse.
El panorama se suma a las dificultades comerciales que el sector ya había atravesado durante el año pasado. Cerca del 70% del ajo argentino se exporta a Brasil, por lo que las condiciones de ese mercado tienen una incidencia directa sobre los precios que reciben los productores locales.
Según Della Lucía, el año pasado Brasil levantó medidas antidumping que aplicaba a determinados exportadores chinos. A su entender, esa decisión facilitó el ingreso de ajo a precios difíciles de igualar para la producción argentina y presionó sobre las cotizaciones. “Las cajas entraron baratas y eso tiró todo para abajo”, afirmó.
La Argentina también exporta ajo a Estados Unidos, México y España, aunque esos mercados demandan variedades específicas y realizan sus compras en determinados momentos del año. Brasil, en cambio, concentra la mayor parte de las ventas externas. “Somos Brasil-dependientes”, resumió el productor, quien señaló que el sector espera que ese país restablezca las medidas antidumping sobre el ajo chino para favorecer una recuperación de los precios. De todos modos, aclaró que la temporada comercial recién comienza y todavía no es posible anticipar su evolución.
De acuerdo con el Relevamiento Hortícola Invernal 2025 del Gobierno de Mendoza, la provincia cuenta con unas 17.057 hectáreas destinadas al cultivo de ajo. De ese total, 9.019 se encuentran en el Valle de Uco, integrado por los departamentos de San Carlos, Tunuyán y Tupungato. San Carlos es el distrito que concentra la mayor superficie implantada.
El ciclo productivo del ajo se extiende durante aproximadamente nueve meses. La siembra se realiza principalmente entre febrero y abril, mientras que la recolección de las variedades blancas y moradas comienza a principios de noviembre. Las tareas se inician en las zonas más cálidas del este provincial y avanzan hacia el sur durante las semanas siguientes.










