Iván Ortiz, un joven de 21 años, es el responsable de este emprendimiento. Tras perder su empleo como lavaplatos en San Telmo y enfrentarse a problemas económicos, decidió abrir su propio local en lo que fue un taller de electricidad automotriz perteneciente a su abuelo, conocido como “Chispitas”, utilizando ahorros personales y recursos adquiridos mediante deudas.
En la actualidad, Iván publica hasta diez videos diarios en sus redes sociales, donde el público, incluidos jóvenes que vienen desde la Isla Maciel y la Villa Tranquila, participa entusiastamente.
El mecanismo es simple: quienes deseen un pancho deben demostrar alguna habilidad o talento. Baile, canto, meditación o cualquier otra cosa es válida. Iván registra todo y lo comparte en plataformas digitales. En un informe de televisión se pudieron observar diversas actuaciones: desde un chico haciendo breakdance hasta otro que eligió meditar, además de un vecino que se ganó el pancho cantando una canción de alabanza cristiana a voz en cuello frente a la cámara.
“Los chicos que quieren un pancho saben que no van a tener que pedirle a sus padres mil pesos o más, que tal vez no pueden ofrecerles. Vienen, expresan su talento y se llevan un pancho”, señaló uno de los empleados del local.
El negocio tiene un límite de entre 20 y 30 panchos diarios, aunque la demanda suele sobrepasar esta cantidad. “Hay mucha necesidad y probablemente la mayoría viene aquí solo a comer un pancho”, admitió el trabajador.
Lo que comenzó como una táctica publicitaria ha evolucionado a algo más significativo. “El pancho, en algunos casos, es solo una excusa para vencer los miedos y salir de esa prisión mental en la que estamos desde pequeños”, afirmó Iván, quien también vivió con tartamudez y ansiedad social en su juventud, encontrando en Panchievo una forma de superarse.
Iván considera que este formato funciona porque establece una conexión genuina con los jóvenes. “Para poder acercarme a ellos tuve que sumergirme en su realidad, ya que ellos jamás se adentrarán en la nuestra”.
A medida que el negocio ha ido creciendo, Iván ha impuesto una nueva condición para participar: cada persona que desee bailar debe traer un alimento no perecedero para donar a un comedor comunitario del barrio. “Aquí hay mucha necesidad. Estamos intentando establecer un sistema que ayude a quienes más hambre pasan, utilizando las redes sociales”.
El nombre del local también tiene su significado. “Panchievo” combina dos aspectos de Iván: “Evo” representa sus iniciales y al chico temeroso que solía ser, mientras que “Panchi” simboliza su mejor versión, la que se atreve. La letra “i” del medio une ambos mundos.
“El éxito es personal. Quizás, desde afuera, haya locales que prosperan más, pero para mí, ‘Panchievo’ ya es un ganador”, concluyó.










