Ana F., de 48 años, forma parte de la denominada generación lasaña: además de atender a sus hijos de 8 y 11 años, asume la responsabilidad de cuidar a su madre, quien vive sola y cuenta con el apoyo de cuidadoras. Ana trabaja ocho horas diarias en una empresa, con un esquema de tres días de manera presencial y dos en modalidad remota. Su hermano, Diego, enfrenta una situación similar: tiene dos hijos y cuida de Elsa, su madre. Cada semana la visita, la lleva a pasear y la regresa a su hogar. Ana se encarga de coordinar a las cuidadoras, así como de atender las demandas diarias de Elsa, que incluyen la gestión de su deterioro cognitivo. También se ocupa de los turnos médicos y las terapias, lo que implica llevarla y traerla, además de prepararla dos horas antes de las citas. A pesar de que esta tarea la abruma, no se queja. Lo realiza con cariño, aunque reconoce sentirse agotada. Ella es la cuidadora principal, y esa responsabilidad conlleva un mayor nivel de fatiga y carga mental que la que experimenta su hermano. Según un estudio realizado por la Universidad Austral en una muestra de 1.028 personas, el 20,4% de la población está a cargo del cuidado de un familiar, lo que indica que el cuidado de seres queridos es parte integral de la rutina de una de cada cinco personas en Argentina. Sin embargo, asumir esta responsabilidad como cuidador principal puede tener graves repercusiones para quien cuida. Entre aquellos que asumen esta función principal, el 40,8% presenta un nivel de sobrecarga intensa en la escala de Zarit, que evalúa el impacto físico, emocional y social del cuidado de un familiar dependiente o con discapacidad. La escala consiste en un cuestionario de 22 preguntas que abordan situaciones cotidianas del cuidado, como la falta de tiempo libre, el estrés o cambios en la salud. Los resultados se puntúan de 0 a 110, donde menos de 46/47 puntos indican ausencia de sobrecarga o carga leve, entre 46/47 y 55/56 puntos indica riesgo de sobrecarga leve, mientras que más de 55/56 puntos señala sobrecarga intensa, asociada con un alto riesgo de depresión, ansiedad y problemas de salud física en el cuidador. El puntaje promedio de la muestra fue de 52,3. Algunas de las preguntas que se consideran son: “¿Pensás que tu familiar te pide más ayuda de la que realmente necesita?”, “¿Sentís que perdiste el control de tu vida desde que comenzó la enfermedad de tu familiar?”, entre otras. Es importante destacar que el test de Zarit no es un diagnóstico médico, sino una herramienta orientativa para la toma de decisiones respecto al cuidado. Cuando se detecta una carga significativa, se recomienda la consulta a un profesional. El informe revela que, aunque el 20,4% de los encuestados asume el cuidado familiar sin diferencias significativas de género en general, al enfocarse en la responsabilidad principal, la carga no se distribuye equitativamente entre hombres y mujeres. En este sentido, el 60,6% de las mujeres se identifican como principales cuidadoras, frente al 44,4% de los hombres. Entre los vínculos más comunes en el cuidado se encuentran madres o suegras (38,6%), hijos de 6 a 12 años (21%), hijos de 13 a 18 años (17,6%) y padres o suegros (15,7%). El estudio considera el cuidado en un sentido amplio, y los principales tipos de asistencia identificados incluyen el apoyo afectivo y emocional (88,6%), la compañía (68,6%), el cuidado de salud (57,6%) y el apoyo económico y alimentario (54,3%). La investigación también concluye que cuatro de cada diez cuidadores principales enfrentan sobrecarga intensa, un problema que no se resuelve simplemente con apoyo social, sino que requiere mejorar la calidad de la asistencia. “Seis de cada diez cuidadores principales han experimentado algún grado de sobrecarga; esto representa un problema de salud pública que afecta tanto a quien cuida como a quien recibe el cuidado”, advierte el informe. Al analizar aquellos que reportaron una sobrecarga intensa, se observaron variaciones: el 48,8% de los cuidadores de hijos menores de 18 años, el 44,4% de quienes cuidan a un padre, madre o suegros, el 37,5% de los que se ocupan de su pareja y el 30% de quienes cuidan a un hijo mayor de 18 años. Además, el 50% de quienes cuidan a una persona con discapacidad muestra una sobrecarga intensa, la cual se acentúa con otras responsabilidades mencionadas. Un hallazgo importante fue que la carga de cuidado no se modifica significativamente con la presencia de ayuda en el hogar; quienes reportaron algún tipo de apoyo no presentaron porcentajes de sobrecarga diferentes a aquellos que no contaron con ello. En cambio, la convivencia con la persona que requiere cuidados marca claramente la diferencia. El estudio también aborda el aspecto laboral, revelando desigualdades en el acceso a licencias por cuidado que favorecen claramente a los trabajadores formales sobre los informales e independientes. El 68,4% de los encuestados tiene un trabajo remunerado, siendo esta cifra del 75% entre quienes cuidan a un familiar, en comparación con el 67% de aquellos que no lo hacen. Esto indica que la actividad de cuidado no implica necesariamente dejar de participar en el mercado laboral, aunque las condiciones para equilibrar trabajo y cuidado varían según la modalidad de empleo. El acceso promedio a licencias (maternidad, paternidad, enfermedad de un familiar y eventos familiares) fue del 53,7% entre los trabajadores formales, solo del 17,1% entre los informales y del 9,5% entre los independientes. La formalidad laboral se presenta como una de las principales diferencias en la protección disponible para el cuidado. Asimismo, se observa un desajuste entre la modalidad laboral actual y la deseada: el 48,8% trabaja de manera totalmente presencial y el 32,1% en forma híbrida, mientras que el 50,5% prefiere un esquema híbrido de dos o tres días trabajando desde su casa. El estudio advierte que reducir el cuidado exclusivamente a sus costos ignora una dimensión significativa: el 95,7% de quienes cuidan identifica aspectos gratificantes en esta labor. El vínculo emocional es mencionado por el 75,7%, el tiempo compartido por el 61,9% y los cambios positivos en la persona que recibe el cuidado por el 51%. Solo el 4,3% no señala encontrar ningún aspecto gratificante. “Los resultados evidencian dos dimensiones importantes: el cuidado puede ser significativo y valioso, y al mismo tiempo, puede generar altos niveles de sobrecarga para quienes asumen la responsabilidad”, concluye el informe, enfatizando la necesidad de atender a quienes cuidan, mejorar los recursos de apoyo y reducir las disparidades en el acceso a herramientas de conciliación laboral.










