El terreno abarcaba unas 640 acres, equivalentes a 259 hectáreas, y en su corazón se alzaba una mansión de casi 20.000 metros cuadrados. Este espacio estaba rodeado de viñedos, olivos, senderos y áreas diseñadas para el entretenimiento.
La propiedad fue concebida para equilibrar privacidad, naturaleza y lujo. La residencia principal incluía cinco dormitorios, una biblioteca revestida en roble, una sala de billar, un cine privado con capacidad para 12 personas, un ascensor y una bodega con control de temperatura. Además, contaba con habitaciones de seguridad y una torre que permitía observar el paisaje circundante.
En el exterior, se podía disfrutar de una piscina infinita de 19 metros, una cancha de tenis, establos, senderos para montar a caballo y caminar, un estanque y una casa independiente destinada a huéspedes o personal.
Uno de los aspectos más destacados era el terreno dedicado a la viticultura. Aproximadamente 18,4 acres estaban cultivados con viñedos, mayormente de Cabernet Sauvignon, además de Cabernet Franc, Merlot y Petit Verdot. La finca también contaba con más de un centenar de olivos.
Tras disfrutar de Villa Sorriso durante varios años, Williams tomó la decisión de ponerla a la venta. En 2012, la propiedad se ofreció inicialmente a un precio de US$35 millones. Sin embargo, el considerable valor de la propiedad y sus características únicas dificultaron la búsqueda de un comprador.
En 2014, la propiedad volvió al mercado con un precio de US$29,9 millones. Luego del fallecimiento del actor ese mismo año, el precio se ajustó, comenzando con una reducción a US$25,9 millones y, finalmente, a US$22,9 millones.
Williams había comentado anteriormente que sus dificultades financieras estaban relacionadas, entre otros factores, con los costos vinculados a sus divorcios. En una entrevista de 2013, reveló las cuentas que debía afrontar y su decisión de deshacerse del rancho de Napa.
Finalmente, en enero de 2016, Villa Sorriso encontró un nuevo propietario. La transacción se llevó a cabo por US$18,1 millones en efectivo, cerca de US$17 millones menos que el precio inicial fijado para su venta.
Los nuevos dueños fueron Alfred y Melanie Tesseron, productores franceses asociados a Château Pontet-Canet, una reconocida bodega de Burdeos. Para ellos, la propiedad no solo representaba una mansión de lujo, sino también una oportunidad para desarrollar un proyecto vinícola en California.
Esta operación se convirtió en un ejemplo notable de cómo una propiedad de lujo puede modificar su valor cuando permanece en el mercado durante años sin un comprador. Lo que comenzó con un precio de US$35 millones culminó en una venta por US$18,1 millones, casi la mitad del valor original.










