Su campaña en favor de la eutanasia se inició en la década de 1980 a través de una serie de artículos publicados en medios de Detroit, Estados Unidos. En 1987, Kevorkian se autodenominó médico especializado en “orientación de la muerte”, un título que, para los estándares de la medicina convencional, resultaba innovador y problemático, ya que Hipócrates jamás había imaginado un enfoque así en su época.
De 1990 a 1998, Kevorkian “ayudó” a más de 130 pacientes a terminar con sus vidas, utilizando dos máquinas de su invención que permitían a personas con terminalidades o sufrimiento extremo autoadministrarse sustancias letales.
Tras ser juzgado y condenado a una pena de 10 a 25 años, cumplió solo ocho en prisión, siendo liberado por problemas de salud y comportamiento ejemplar, comprometiéndose a no volver a asesorar a nadie sobre la muerte. Falleció el 3 de junio de 2011 a los 83 años. La figura de Kevorkian se puede analizar desde dos ángulos: como un pionero de la muerte digna o como un individuo excéntrico que, tras su ideal de evitar el sufrimiento, alimentó una peligrosa atracción por la muerte ajena que lo convirtió en un modelo controvertido.
“Morir no es un crimen”, era su lema, el cual podría considerarse una simplificación absurda de un tema de profunda complejidad. Este debate, sin embargo, no era sobre la eutanasia en sí, sino que las tres décadas posteriores a sus intervenciones han visto cómo la ciencia médica ha ido integrando primero y aceptando con cautela la noción de mitigar el sufrimiento de los enfermos terminales. No es que Kevorkian fuera el creador de esta sensibilidad, sino que sus métodos cuestionables complicaron la evolución de dar legitimidad a la eutanasia en la ética médica actual.
Su notoriedad, que él tanto deseaba, se basó en la ostentación de sus técnicas y en la forma en que abordó públicamente los casos de sus pacientes. Aunque dijo buscar el sufrimiento cero, se alimentaba de su propia fascinación por el dolor y el sufrimiento ajeno, lo que le llevó a un camino que, con el tiempo, se tornó extraño y dramático.
Nacido el 26 de mayo de 1928 en Pontiac, Michigan, Jack Kevorkian completó su educación secundaria con honores a los 17 años, y se graduó de la Escuela de Medicina de la Universidad de Michigan en 1952. Sus amigos de la residencia médica en 1954 lo describieron como “un tipo inquietante”, señalando que sus opiniones sobre el nazismo y otras cuestiones eran igualmente perturbadoras. En su práctica médica, había llevado a cabo experimentos inquietantes, que reflejaban su interés en la muerte más que en la dignidad de sus pacientes.
En 1956, publicó su artículo “The Fundus Oculi and the Determination of Death”, donde planteó cuestionamientos sobre la muerte y comenzó a desarrollar teorías que promovían el suicidio asistido como una alternativa para enfrentar el fin de la vida.
En los años 60, buscó experimentar con condenados a muerte y propuso transfusiones de sangre de cadáveres a vivos. Sin embargo, su carrera tomó un giro significativo cuando, a finales de los 70 y principios de los 80, empezaron a surgir cuestionamientos sobre su salud mental, lo que le llevó eventualmente a establecer su propia ‘obiatría’, es decir, a especializarse en la muerte.
Su creación más famosa, la máquina ‘Thanatron’, permitía a los pacientes autoadministrarse químicos letales para acelerar su muerte. A pesar de tener éxito en ayudar a muchas personas, las autoridades eventualmente le retiraron su licencia médica, lo que lo llevó a crear un nuevo dispositivo, el ‘Mercitron’, que facilitaba el suicidio a través de la inhalación de monóxido de carbono.
Condenado por sus acciones, Kevorkian comenzó a ser un blanco de la ley. Su primer caso notable fue el de Janet Adkins, una maestra de 54 años con Alzheimer, cuyo fallecimiento bajo el uso de su máquina llevó a su detención. La controversia que lo siguió durante su vida y después de su muerte continúa alimentando el debate sobre la eutanasia y el derecho a morir con dignidad.









