“Se produce ese rulo, ese círculo, donde pienso en Nietzsche con esta idea tan polémica de que ‘no hay hechos, sino interpretaciones’. Yo creo que una cosa es la verdad cotidiana, otra cosa es la verdad científica y otra cosa es la verdad filosófica.
La filosofía contemporánea enfrenta un dilema donde algunas posturas concluyen que, en última instancia, la verdad es que no hay verdad. Esto implica un cambio con respecto a las verdades cotidianas, que dependen de procesos mecánicos y funcionales para garantizar un buen funcionamiento en la vida diaria.
“Cuando uno incursiona en la filosofía, por ahí es otro tipo de verdad la que uno está de algún modo buscando. Es una verdad, si querés, más ontológica, más, digamos, como sentido general. Es muy interesante esa diferencia. Las verdades cotidianas, incluso las verdades científicas, están más preocupadas por el cómo. Justamente por el buen funcionamiento de las cosas”, destacó Sztajnszrajber.
En este contexto, aclaró: “Una cosa es que la cosa funcione y otra cosa es que sea verdadera. Y ahí es como para discutir qué buscamos en nombre de la verdad. Lo podés asociar a un propósito existencial, más trascendente”.
Respecto a la felicidad, Sztajnszrajber se opone a las fórmulas de éxito personal que proliferan en las redes sociales. Este filósofo replantea el concepto de ataraxia de Epicuro, que se define como “la imperturbabilidad del alma y la búsqueda de placeres mínimos”.
Para ilustrar su visión, recordó una experiencia personal con su madre, quien resumió la felicidad como la ausencia de molestias externas, coincidiendo con la noción de independencia epicúrea. Añadió que, a los 58 años, no cuenta con una respuesta definitiva sobre el propósito de la vida, pero enfatizó que su realización personal proviene del deseo de saber y del ejercicio del asombro constante.










