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Algoritmos y su impacto: la influencia de las redes sociales en los trastornos alimenticios de las nuevas generaciones

6 agosto, 2026
in Sociedad
Algoritmos y su impacto: la influencia de las redes sociales en los trastornos alimenticios de las nuevas generaciones
El acto de deslizar el dedo sobre una pantalla parece automatico. Una mirada absorta se refleja en sus ojos mientras observa videos que se suceden sin pausa. La luz azul del dispositivo ilumina su rostro, y ni siquiera se da cuenta de que ha pasado una hora. Aunque no ha prestado excesiva atención al contenido, ha aprendido ciertos conceptos: la necesidad de caminar diez mil pasos diarios, empezar el día con agua y limón, preparar chía la noche anterior, sumergirse en hielo, eliminar las harinas y optar por una manzana verde al sentir hambre. A lo largo de su vida, nunca se sintió completamente satisfecho con su figura, aunque tampoco recuerda haber tenido inseguridades específicas. Sin embargo, tras compararse con numerosos usuarios y observar videos de transformaciones físicas donde se identificaba más con el “antes” que con el “después”, empezó a convencerse de que no encajaba con los estándares.

“Terminé atrapado en un ciclo vicioso de frustración, ansiedad, comparación y angustia. Cuando comenzás a consumir ciertos contenidos, sentís que todo lo que haces no es suficiente: comer poco ya no basta, así que lo poco que comés tiene que ser saludable, sin ultraprocesados, azúcares ni grasas saturadas. Empiezas a leer las tablas nutricionales de todo lo que comprás”, relata Gastón, un universitario de 24 años, sobre una etapa que se enorgullece de haber dejado atrás.

La presión sobre los cuerpos no es una novedad en una sociedad que otorga un valor preponderante a la imagen, sin embargo, las estadísticas reflejan que la situación actual es desalentadora. A nivel mundial, Argentina se posiciona como el segundo país con mayor prevalencia de trastornos de la conducta alimentaria (TCA), según un estudio del Instituto de Psiquiatría del King’s College de Londres. Esta alarmante realidad se respalda en otro dato: casi una de cada tres mujeres jóvenes en el país sufre de bulimia o anorexia, de acuerdo a la Sociedad Argentina de Pediatría.

“Recuerdo que, hace dos años, un influencer promocionó un ‘té mágico’ que prometía ‘adelgazar en pocos meses’ sólo con consumirlo cada noche. A pesar de los resultados que me hacían feliz porque me veía más delgado, terminaba despertándome a mitad de la noche con malestar. Me explicaron que, al ser digestivo, hacía que mi cuerpo expulsara la comida más rápido… en aquel momento, estaba encantado con esa idea”, añade Gastón. “Quería ignorar los efectos porque me gustaba cómo me veía, pero de repente me mareaba, tenía la presión baja y me levantaba sin fuerzas ni energía. Terminé yendo a un especialista, quien me explicó que ese té eliminaba los nutrientes de mi cuerpo y me deshidrataba. A pesar de ello, decidí seguir tomándolo, hasta que mi mamá se dio cuenta de lo que estaba pasando y, cuando salí de casa, lo tiró. Me molesté mucho en ese momento; hoy se lo agradezco”, reflexiona, a un año de haber vuelto a hábitos alimentarios más equilibrados.

Por su parte, Federico, de 25 años y un usuario activo en redes sociales, aborda el impacto que estas plataformas tienen en su percepción de sí mismo: “A pesar de considerarme dentro de lo que hoy se define como ‘hegemónico’, busco constantemente mejorarme. Sé cómo quiero ser, pero al compararme con otros, me quedo preguntando qué podría mejorar. Me preocupan muchos detalles: la piel, el pelo, la estética…”.

Los profesionales coinciden en que el incremento de este fenómeno está estrechamente relacionado con la expansión de las redes sociales y la estructura de sus algoritmos. Se identifican cuatro factores que inciden de manera simultánea: la búsqueda constante de validación, la imposición de estándares irreales, las cámaras de eco y la disponibilidad constante de contenidos.

La validación constante se erige como un elemento crucial en este entramado. “Considero que me sentiría más seguro si no existieran las redes, porque me compararía con algo real y no con una construcción ideal que eleva las expectativas”, sostiene Valentina, otra joven estudiante de 24 años. La validación surge de las interacciones —likes, reacciones, comentarios o seguidores— que, aunque pueden parecer inofensivas, generan efectos biológicos tangibles. “Se ha comprobado que cada like libera un impulso de dopamina, el neurotransmisor del placer, que inhibe la serotonina, más relacionada con la felicidad. Esto nos convierte en químicamente adictos a esos estímulos”, explica la psiquiatra especializada María Teresa Calabrese. “Las plataformas establecen un circuito de retroalimentación basado en las interacciones de los usuarios, generando una necesidad de aprobación constante del entorno”, complementa Ana Clara Benavente, socióloga.

Dependiendo de esa validación externa, muchas personas comienzan a evaluar su propio valor en función de la respuesta que obtienen. “Si un video recibe 2.000.000 de likes, el cerebro interpreta que dos millones de personas avalan ese comportamiento, lo que refuerza positivamente las restricciones impuestas por la persona”, analiza la nutricionista Ana Cascú. Las redes sociales introdujeron un cambio crucial: la aprobación social dejó de ser una percepción difusa para transformarse en una cifra visible y cuantificable. Likes, comentarios, seguidores y reproducciones han convertido la aceptación en una métrica pública, permanente y fácilmente comparable, tal como lo indican las investigadoras Annalise Mabe, K. Jean Forney y Pamela Keel en un estudio publicado en el International Journal of Eating Disorders. La presión por la apariencia no exime tampoco a lo masculino, advierten los especialistas, quienes subrayan que el estándar estético ha evolucionado hacia un mandato de musculatura extrema. Influyentes que gozan de gran popularidad entre los más jóvenes, como algunos referentes muy activos en las redes, exhiben volúmenes corporales inusuales y rutinas de gran exigencia física. Sus contenidos consolidan la hipertrofia y la cultura del sacrificio como ejes centrales.

“Me comparo con cuerpos de personas cuya realidad desconozco. Y siento que esa comparación siempre concluye en la misma sensación: que nunca llegaré. Por eso trato de ajustar el algoritmo para que me muestre contenido más saludable, aunque no siempre es sencillo”, confiesa Emilia, asesora en comunicación de 27 años. Ana Cascú detalla que las redes sociales han generado una especie de reality show permanente donde todo parece auténtico. “En el consultorio se nota claramente el cambio. Antes, los pacientes llegaban con ideales lejanos, como modelos o celebridades. Hoy vienen con videos, rutinas y dietas que vieron esa misma semana en plataformas sociales”, observa.

Rosario, madre de una adolescente de 16 años, nota una transformación similar respecto a su propia juventud. “Las formas han mutado, pero el problema sigue siendo el mismo. Antes el ideal era la mujer extremadamente delgada; hoy es el cuerpo fitness, musculoso, deportivo. En el fondo es lo mismo, expresado de otra manera”. Sin embargo, lo que se encuentra circulando en las redes nunca es completamente fiel a la realidad: cada usuario decide qué mostrar y qué ocultar, seleccionando escenas, imágenes y relatos para construir una versión determinada de sí mismo.

La ensayista e investigadora Paula Sibilia explica en su libro “La intimidad como espectáculo” que la vida privada ha dejado de ser reservada al ámbito íntimo y se ha convertido en material de exhibición pública: un “yo” que se construye frente a los demás a través de imágenes, narraciones y escenas escogidas con una intención específica. “Las redes funcionan como una vitrina donde se muestran únicamente los éxitos y se oculta el resto”, agrega la psiquiatra consultada. Esta selección continua, explica, distorsiona la percepción de la realidad y aumenta la presión sobre la imagen personal.

Gastón recuerda cómo ese mecanismo comenzó a moldear sus hábitos. “Los cambios que proponen los influencers no siempre son positivos: te enseñan a presentar un plato que debe tener un 50% de vegetales, un 25% de proteína y un 25% de legumbres, o a hacer diez mil pasos diarios. Son consejos que parecen geniales y útiles, pero el trasfondo es que sentís que tenés que alcanzar ese cuerpo ideal”, explica. Federico describe un proceso similar: “Ves a alguien que luce de cierta manera y pensás que vos también podés lograrlo, entonces comenzás a hacer todo lo posible para conseguirlo: implementar el ayuno intermitente o beber ocho vasos de agua al día, solo para calmar esa ansiedad”, reflexiona.

En este contexto, Valentina tomó una decisión contraria. “Dejé de seguir a casi todos los influencers que aparecían en mi feed porque el efecto que me causaban era realmente negativo. Solo lograban que me comparara y deseara una vida que, en realidad, ni siquiera quiero tener”, expresa. Un grupo de cuentas a seguir, como algunas que advierten que gran parte de los productos del supermercado son “veneno”, o creadoras que promueven la compra de suplementos de sus propias marcas, enmarcan la tendencia hacia un control estricto sobre el organismo. Algunas figuras, que se destacan en estas dinámicas, llevan a un seguimiento casi obsesivo de su rutina diaria con el objetivo de “aumentar su longevidad”, transformando el bienestar en una disciplina de monitoreo constante.

“A veces siento que el algoritmo me encierra en un tipo de contenido y no deja de mostrármelo; por eso, cuando creo que algo puede ser perjudicial, selecciono la opción de ‘no me interesa’ e intento que el algoritmo no perciba que me llama la atención”, reflexiona Martina, quien comparte su experiencia en TikTok. Este fenómeno fue documentado por un estudio de la Universidad de Melbourne, que siguió durante un mes la actividad en TikTok de 42 personas con trastornos de conducta alimentaria (TCA) y de otros 49 usuarios sin diagnóstico. Al finalizar la observación, se evaluó el contenido que se sugería a cada grupo. Los resultados mostraron una diferencia contundente: a las personas con TCA, TikTok les ofreció un 146% más de videos sobre apariencia, un 335% más de contenido relacionado con dietas, un 142% más de ejercicio y un descomunal 4343% más de “videos tóxicos vinculados a trastornos alimentarios”. Esta diferencia no solo se explicaba por los “me gusta”. Aunque quienes padecen TCA interactuaban un poco más con este tipo de publicaciones, TikTok se las recomendaba en una proporción muy superior.

Esto se debe a que el algoritmo no solo registra los likes o los comentarios. También integra señales mucho menos visibles: cuánto tiempo un usuario permanece mirando un video, si vuelve a reproducirlo, cuánto tarda en deslizar hacia el siguiente o si se detiene varios segundos más en un contenido. Ana Clara Benavente resalta que el diseño de estas plataformas genera circuitos de retroalimentación en los que las interacciones de los usuarios refuerzan aún más los contenidos que reciben. Según sostiene, esto provoca que “el fenómeno encuentre en las redes sociales un modo mucho más agresivo de incidir en la conducta”.

La estudiosa también menciona que distintas investigaciones virtuales muestran un sesgo claro en la variedad de contenidos, ya que algunos temas proliferan mientras que otros prácticamente desaparecen. Así, la circulación permanente de publicaciones sobre dietas, ejercicio o determinados modelos corporales “tenderá a retroalimentar el pensamiento obsesivo en torno a la comida”. Esta dinámica da origen a las llamadas “cámaras de eco”: entornos donde el usuario está expuesto de manera continua a contenidos similares, con poca diversidad. La consecuencia es que ciertas ideas —como la necesidad de adelgazar o controlar la alimentación— pueden llegar a considerarse mucho más comunes de lo que realmente son. Según los especialistas, los algoritmos dejan de ser simples herramientas de recomendación para transformarse en actores que moldean percepciones, hábitos y comportamientos. Con el tiempo, construyen una realidad donde todo parece reforzar las propias creencias, incluso cuando éstas son distorsionadas o representan un trastorno.

“Quizás una publicación de manera aislada no me lleve a querer cambiar mi cuerpo, pero si se convierte en ‘tendencia’, puede empujar a querer destacar o pertenecer”, resume Federico sobre cómo se va construyendo ese sentido de identidad. Gastón también recuerda haber pasado por esa experiencia. “En una etapa en la que me sentía bastante gordo e hinchado, comencé a tomar agua con chía porque lo había visto en TikTok. Se decía que eso ayudaba a desinflamar el cuerpo y reducir la saciedad para no comer con frecuencia. Cargaba mi botella con agua y chía, aunque era desagradable, pero lo hacía porque eso decían supuestos expertos”, añade Gastón.

En contraste con los medios tradicionales, donde la exposición a determinados modelos de belleza contaba con límites temporales y espaciales, las redes sociales operan bajo una lógica de disponibilidad permanente. Si anteriormente los “cuerpos ideales” aparecían en un programa de televisión o en una revista, hoy están al alcance en un celular en cualquier momento y lugar. “La validación estética antes se ofrecía en fiestas o contextos comunes entre pares, pero esas instancias solían tener un principio y un final. Esa dinámica desaparece en el mundo virtual; la validación es perpetua y la oferta de imágenes que idealizan ciertos cuerpos es constante”, explica Benavente. Como resultado, la presión sobre la imagen deja de ser un evento puntual y se convierte en un ruido de fondo continuo que acompaña la vida cotidiana y condiciona cómo muchas personas se ven a sí mismas.

Los cuatro factores identificados como centrales —la validación constante, el modelo irreal, las cámaras de eco y la presencia constante— convergen en un presente que los especialistas describen como cada vez más preocupante. “La edad de inicio de los pacientes con TCA está disminuyendo. Cada vez se observan casos en preadolescentes que antes eran excepcionales”, advierte Ana Cascú. Para la profesional, la influencia de las redes sociales se manifiesta directamente en las consultas y es, en gran parte, una causa de los trastornos que trata. Ante este escenario, distintos especialistas sostienen que este desafío ha dejado de ser meramente individual para considerarse un reto de salud pública.

“Esperar que este ecosistema se autorregule es ingenuo”, afirma Cascú. Entre las medidas que propone se encuentran una mayor transparencia sobre el funcionamiento de los algoritmos, la promoción de contenidos respaldados por evidencia científica y una regulación específica para influencers que difunden recomendaciones sobre alimentación y salud. “No cualquiera debería poder ofrecer consejos nutricionales sin aclaraciones”, enfatiza. También sugiere incorporar educación alimentaria y alfabetización digital desde edades tempranas. María Teresa Calabrese coincide en la necesidad de intervención estatal. Como ejemplo, menciona el caso de Australia, donde se implementaron restricciones al uso de redes sociales para menores de 16 años. “Esto debe ser un esfuerzo conjunto del Estado, no puede depender solo de los individuos. Se puede prohibir a mis hijos el uso de redes sociales, pero es muy complicado cuando en su entorno eso está naturalizado. Podríamos empezar por darles teléfonos que no sean inteligentes, que solo sirvan para llamar y mandar mensajes de texto y permanecer conectados con la familia sin el resto de las funciones”, sugiere.

Martina, de 26 años, considera que aumentar la edad mínima podría ser beneficioso, aunque reconoce sus límites. “A los 13 años fue cuando más me influenciaron las redes porque no contaba con el criterio y la madurez que tengo ahora para resistir. Aun así, me pregunto si una regulación sería efectiva, ya que los usuarios siempre logran encontrar formas de evadirla, como poner 4N4 —un código relacionado con la anorexia— para que el sistema no lo detecte”, opina. Rosario, madre de una adolescente de 16 años, sostiene que la mejor herramienta sigue siendo el diálogo. “La disponibilidad es libre. Lo más efectivo que podemos hacer es hablar sobre el tema. Deberían promoverse espacios de conversación donde nuestros jóvenes intercambien experiencias y se les brinden herramientas para abordar ese universo de manera responsable”, afirma.

Un desafío que no se mide en Argentina

Incluso si existiera consenso sobre la necesidad de intervención, surge un obstáculo previo: la falta de información oficial. Al solicitar información al Ministerio de Salud sobre datos estadísticos, epidemiológicos y documentales relacionados a trastornos de la conducta alimentaria, así como datos que permitieran evaluar su alcance, evolución, distribución en el país y posible vinculación con la adolescencia, la salud mental y las redes sociales, se recibió una respuesta reveladora. El Ministerio informó que los TCA no forman parte de los eventos de notificación obligatoria dentro del registro nacional epidemiológico de enfermedades, lo que significa que el Estado no cuenta con estadísticas ni registros específicos sobre estos casos. Igualmente, no hay información disponible del sector privado, registros de tratamientos no hospitalarios, protocolos de vigilancia específicos ni documentos metodológicos que permitan medir el problema en su conjunto. La única base estadística concreta enviada fue un recuento limitado de los casos que habían requerido internación en hospitales públicos. La respuesta oficial también evidenció otro vacío. Ante la consulta sobre investigaciones relacionadas con imágenes corporales, exposición a contenidos sobre delgadez extrema, dietas restrictivas o prácticas alimentarias riesgosas, así como el efecto de los algoritmos en plataformas digitales, el Ministerio no remitió estudios técnicos ni evaluaciones sistemáticas sobre esos fenómenos.

El accionar de las plataformas

Consultada sobre la problemática, TikTok Argentina respondió que a través de su plataforma se prohíbe “mostrar, describir, promover o glorificar contenidos vinculados a trastornos alimentarios”, que abarcan dietas extremadamente restrictivas, ayunos, atracones, purgas y las tendencias de comparación corporal. No obstante, para Benavente, el problema trasciende esos contenidos explícitos. Desde Meta, la empresa propietaria de Instagram, Facebook, Messenger y WhatsApp, se afirma que se eliminan de inmediato los contenidos que fomentan trastornos alimenticios al ser detectados, bloquean términos de búsqueda asociados a ciertos temas sensibles y utilizan “tecnología de detección proactiva para enviar contenidos que puedan relacionarse con autolesiones a nuestros equipos para su revisión prioritaria”. Sin embargo, un análisis practicado puso de manifiesto que es posible acceder fácilmente a contenidos potencialmente dañinos. Con búsquedas simples como “cómo adelgazar” aparecen recomendaciones acerca de restringir la ingesta, “apagar” el hambre, realizar ayunos intermitentes sin supervisión médica y numerosas publicaciones que comparan el “antes” y el “después” tras adoptar determinadas conductas alimentarias. En perfiles orientados principalmente al público masculino, también circulan mensajes presentados en tono humorístico que ridiculizan a quienes no entrenan, usando frases como: “Levantate del sofá, maldito vago, por eso tenés esa panza”, acompañadas de comparativas de cuerpos. Frente a esta situación, Meta destacó el lanzamiento de un sistema, denominado 13+, en Instagram, que introduce una función destinada a diversificar las recomendaciones y buscar evitar que los jóvenes queden atrapados en la repetición constante de un mismo tema. A la vez, ofrece mayores herramientas de supervisión a los padres (por ejemplo, la opción de “Contenido limitado”) para personalizar y ampliar los niveles de protección digital de sus hijos.

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