Detrás de este ataque estaban Jeff Gillooly, ex marido de Tonya Harding, y su guardaespaldas, Shawn Eckhardt. La intención era romperle la pierna a Kerrigan para que no pudiera competir en los Juegos Olímpicos de Invierno de Lillehammer. Aunque el plan no logró su objetivo, el escándalo desencadenado arruinó la carrera de Harding, convirtiendo su nombre en sinónimo de traición y deshonestidad.
Para comprender lo que sucedió en Detroit, es necesario retroceder a Portland, Oregón, donde Harding creció en un ambiente inestable. Su madre, Lavona Golden, atravesaba matrimonios fallidos —el de Albert Gordon Harding era el quinto— y abandonaba a sus parejas. Albert huyó de esa casa, horrorizado por el trato que su esposa dispensaba a su hija: la llamaba “fea”, “gorda” y “fracasada”, le negaba el permiso para ir al baño durante entrenamientos, argumentando que ella pagaba las clases para evitar interrupciones, y admitió en el futuro que la golpeaba en ocasiones. Lavona confeccionaba a mano los trajes de competencia, ya que la situación económica era precaria.
En ese contexto, el hielo se convirtió en el único refugio seguro para Tonya. A los tres años, pisó por primera vez una pista de patinaje artístico y se dio cuenta de que allí podía escapar de la opresión que la sofocaba día a día. Aprendió a cazar y reparar motores de su padre en los pocos años que él estuvo presente. Intentó irse con él cuando se marchó, sin éxito, y quedó atrapada con una madre que despreciaba a sus amistades, catalogándolas de “enemigas”, mientras su competitividad la llevaba a rechazar las calificaciones de los jurados. Decidió abandonar la escuela secundaria en su segundo año para centrarse completamente en el patinaje, completando posteriormente exámenes de equivalencia.
Entre 1986 y 1989, Harding ascendió en los torneos nacionales hasta alcanzar logros extraordinarios. En 1989 ganó la competencia Skate América. En 1991 se coronó como campeona de Estados Unidos al lograr el primer puntaje perfecto de 6.0 en el campeonato. Ese mismo año, realizó el triple Axel, un salto con tres giros y medio en el aire, siendo la primera mujer estadounidense en conseguirlo y la segunda en la historia, solo por detrás de la japonesa Midori Ito. Además, fue la primera en realizar dos triple Axels en una competencia y combinarlos con el doble toe loop.
En el Mundial de 1991, volvió a ejecutar el triple Axel, obteniendo un segundo puesto detrás de Kristi Yamaguchi y por delante de Kerrigan. Esta competencia marcó la primera vez que un país acaparaba el podio en esta disciplina del patinaje artístico.
Sin embargo, su gloria fue efímera. Harding sufría problemas de salud recurrentes, incluyendo gripes frecuentes y asma crónica, que afectaban su rendimiento. En 1992, finalizó tercera en el campeonato nacional y cuarta en los Juegos Olímpicos de Invierno de Albertville, Francia, debido a un esguince en un tobillo. En 1993, sus resultados fueron aún peores y no clasificó al Mundial. Su prometedora carrera parecía desvanecerse.
La aparición de Nancy Kerrigan complicó aún más la situación. Su rivalidad era notoria: mientras Harding se presentaba en la pista con un estilo desaliñado, Kerrigan encarnaba la elegancia y el glamour que el patinaje artístico celebraba. Este contraste, tanto estético como social, fue ampliamente explotado por los medios de comunicación.
Harding resumió esa dicotomía en 2014 de manera contundente: “Nancy era una princesa y yo era un montón de mierda”. Las semanas posteriores al ataque fueron un caos mediático, retratando una lucha entre dos visiones de Estados Unidos: la del trabajador esforzado y la del privilegiado que parece obtenerlo todo con facilidad. El jurado del campeonato nacional anuló su título y permitió que Kerrigan, aún en recuperación, asistiera a los Juegos de Lillehammer, excluyendo a Michelle Kwan, quien había ocupado el segundo puesto.
Mientras tanto, Kerrigan hablaba a la prensa con la calma de quien sabe que la opinión pública está de su lado, afirmando: “Nunca llegaré a comprender por qué me hicieron esto, porque no soy capaz de pensar de forma tan retorcida”. Esta declaración reforzó su imagen de víctima inocente ante los medios.
Por su parte, Harding entrenaba en pistas de centros comerciales, donde el público la observaba con curiosidad. Suplicaba que le creyeran cuando repetía que “no había hecho nada malo”. Sin embargo, las confesiones de Gillooly, que se declaró culpable el 1 de febrero y aceptó testificar en su contra, eclipsaron su defensa. Eckhardt recibió 18 meses de prisión por extorsión, mientras que Stant y Derrick Smith, el otro implicado, también fueron arrestados. A pesar de la investigación, Harding compitió en Noruega bajo la misma bandera que su rival.
En Lillehammer, el absurdo continuó: uno de los cordones de su patín se rompió durante el programa corto, lo que la llevó a pedir un reinicio a los jueces; este fue concedido, pero ella terminó octava al final. Kerrigan, en cambio, brilló en su actuación y se llevó la medalla de plata. Al regresar a Estados Unidos, Harding alcanzó un acuerdo con los fiscales: se declaró culpable de obstrucción a la justicia por haber ocultado información sobre el ataque, pagó 160.000 dólares en multas y fue condenada a tres años de libertad condicional y 500 horas de servicio comunitario. La Asociación de Patinaje Artístico de los Estados Unidos la expulsó de por vida. A sus 23 años, quedaba marcada como el emblema de la trampa deportiva.
La condena social que sufrió fue aún más severa que la sanción judicial. Harding se convirtió en el símbolo de la deshonestidad en el deporte estadounidense de tal forma que, años más tarde, Barack Obama, durante su campaña presidencial en 2008, mencionó: “No tengo ninguna intención de partir a ningún adversario con una barra de hierro para ganar”, una referencia tan clara que no requería explicación.
La cultura popular no tardó en hacer eco de esta historia. La serie Los Simpson, que ha sido un termómetro del imaginario estadounidense, la incluyó en un episodio, parodiándola directamente. En una escena, Homero y Bart huyen del Apocalipsis en una nave espacial, pero en lugar de importantes figuras, la tripulación incluye a la humorista Rosie O’Donnell, a la cantante y viuda de Kurt Cobain, Courtney Love, y a Tonya Harding, quien es presentada con una barra de hierro en la mano. Para Harding, ser objeto de burla por los guionistas de Springfield fue una forma más de entender que su nombre ya no le pertenecía: se había convertido en un chiste, una advertencia, un ejemplo de lo que no se debe hacer.
Sin el patinaje, Harding intentó redefinir su vida. Se aventuró en el boxeo femenino, disputando varios combates, grabó un video musical e incluso participó en programas de telerrealidad. Sin embargo, nada logró recuperar el estatus que había alcanzado en las pistas de hielo.
La salvación o reinterpretación de su historia llegó en diciembre de 2017 con el estreno de I, Tonya (Yo, Tonya), una película biográfica dirigida por Craig Gillespie, en la que la actriz Margot Robbie interpretó a Harding. Esta obra ofreció una visión más matizada de su historia, abordando el abuso que sufrió a manos de su madre, la violencia de Gillooly —con quien se casó a los 19 años en un intento de escapar de su hogar— y cómo su entorno contribuyó a arrastrarla al escándalo. Robbie recibió nominaciones al Globo de Oro y al Oscar como mejor actriz, mientras que Allison Janney, en el rol de Lavona, obtuvo el Oscar a la mejor actriz de reparto.
Algunos críticos destacaron que la vida de Harding parecía estar hecha para el cine, ya que se ajustaba a la narrativa de la lucha entre el bien y el mal. Sin embargo, la realidad rara vez se reduce a una sola causa. Tras el ataque a Kerrigan, la expulsión y años de burla pública, había una mujer que desde los tres años había aprendido que el hielo era el único lugar donde no sufría violencia.










